martes, 17 de febrero de 2015

Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams



 No sé por qué he tardado tanto en leerme este libro. No digo que el proceso de leerlo me haya llevado tiempo. No me llevó más de un par de horas repartidas entre una semana. Lo que no entiendo es como no lo empecé antes. Lleva cogiendo polvo en mi estantería más de un mes desde que lo compré. La compra compulsiva de libros en Amazon es algo que me pierde de vez en cuando. Pero ese no es el tema. El tema es que este es un libro genial. Excelente y precioso. Absurdo.


Muchos libros de ciencia ficción te dan muchas explicaciones innecesarias para que te creas sus universos. Decenas de párrafos dedicados a la exposición innecesaria de datos para que veas lo inteligente que es el autor y lo bien hilado que está todo. Pero en este libro todas y cada una de las escenas tienen un objetivo único, hacerte reír.

Si puede hacerte reír hablándote de poesía alienígena lo hace. O de toallas. O de política intergaláctica. O de tramos de circunvalación.

Porque por muy alienígenas que sean los personajes que nos presente todos son fieles reproducciones de realidades humanas. Y esa es la gracia la mayor parte de las veces. Nos estamos riendo de nosotros mismos desde la distancia. Es como cuando un monologuista te habla de la comida en los aviones de su último viaje. Tú no estabas en ese viaje ni en ese avión pero probablemente has estado en una situación similar y te sientes identificado con el tipo enfrente a ti. 
Pues este libro es como un gran monologo sobre la comida en los aviones. Y sobre burocracia. Y sobre filosofía. Y sobre higiene personal. Y sobre ratones. Y sobre el número cuarenta y dos.

Solo he de decir que es un clásico de la ciencia ficción y por fin entiendo por qué. Que da igual que no te guste la ciencia ficción, este libro te va a gustar. Porque es un libro de ciencia ficción en el que la ciencia ficción es lo de menos. Brillante.

Leedlo. Recomendadlo. Reíros. Pero nunca os olvidéis de vuestras toallas.

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